No sabría decirte si fue un sueño o si de verdad ocurrió.
Empezó con risas, con labios rojos y purpurina:
Harley Quinn nos guiñó el ojo desde la ventana de un coche en marcha,
como si supiera algo que nosotras aún no.
Después vinieron los cuerpos pintados de color —azul, rojo, amarillo—
bailando al ritmo de un tambor imaginario,
la piel como lienzo, el viento como cómplice.
En la playa, tres amigas se quitaron todo, incluso la vergüenza.
No hacían poses; solo respiraban el sol,
como si el mar pudiera absolverlas de cualquier historia.
Una hizo una mueca rara, medio cómica, medio cruda,
con el pantalón a medio muslo.
No pedía ser mirada, pero lo fue.
La tatuada, esa, sí sabía lo que hacía:
se arrodilló con esa entrega silenciosa que no pide permiso ni explicación.
Tinta en la piel, fuego en los ojos.
Más tarde, otra recorría los pasillos de una biblioteca
como si buscara un conjuro olvidado entre novelas de segunda mano.
Los dedos acariciaban los lomos de los libros
como si fueran amantes dormidos.
Y una más, apoyada en una barandilla,
miraba sin mirar, pensando en el peso exacto de las decisiones que no tomó.
Detrás de ella, el mundo seguía como si nada.
Entonces aparecieron las margaritas.
Brillaban como si no supieran que estaban solas.
O tal vez sí, y por eso lo hacían con tanta dignidad.
Así fue el día: un desfile de mujeres, de gestos, de secretos.
Todas ellas distintas, todas ellas posibles.
Y yo, como espectador involuntario, recogí cada escena
como quien junta flores en un campo sin dueño.
Porque a veces, la vida se resume en eso:
una Harley, un libro, un tatuaje, un cuerpo libre…
y unas margaritas que crecen sin pedir perdón.





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